Por Gabriel Fernández Ayala, director de Smart Cities en SONDA México
Durante casi una década, «ciudad inteligente o Smart City» fue sinónimo de sensores. Cámaras conectadas, semáforos con internet de las cosas (IoT por sus siglas en inglés), tableros de control que le permitían a un funcionario ver en tiempo real qué pasaba en su ciudad. Fue un salto real frente al modelo anterior, y muchas ciudades invirtieron con seriedad en esa infraestructura.
Pero medir no es gestionar. Y ese es el problema que nadie quiere nombrar en voz alta: la mayoría de las llamadas «smart cities» de la región siguen operando exactamente igual que antes de instalar los sensores. Es verdad que tienen más datos, pero pueden no tomar las mejores decisiones.
El modelo de «Smart City» tal como lo conocimos, observar, registrar y reportar, ya cumplió su ciclo. Lo que viene no es una versión mejorada del mismo concepto. Es una nueva forma de entender qué necesitan tanto los ciudadanos como la infraestructura civil.
El gasto global en tecnología para ciudades inteligentes llegó a US$189 mil millones en 2025, un incremento del 22% frente al año anterior, según la Worldwide Smart Cities Spending Guide de IDC. Si bien la inversión sigue creciendo, lo que no ha crecido al mismo ritmo es la capa que convierte esos datos en decisiones: la mayoría de ese gasto sigue destinado a captar información, no a actuar sobre ella.
El salto que falta: de observar a decidir
La diferencia entre una ciudad con sensores y una ciudad inteligente de verdad no está en cuántos datos capta, sino en qué hace con ellos sin intervención humana. Un sistema de tráfico que solo muestra congestión en un mapa no es inteligente: es un espejo. Un sistema que redistribuye semáforos prioriza rutas de transporte público y anticipa un cuello de botella antes de que ocurra, sí empieza a justificar el nombre.
Esa es la frontera real hoy: modelos predictivos y de IA generativa operando infraestructura urbana en tiempo real, no solo describiéndola. Gestión de tráfico que se ajusta sola. Mantenimiento predictivo que anticipa fallas en la red antes de que el ciudadano las sufra. Sistemas de seguridad que priorizan alertas por relevancia en lugar de saturar a un operador humano con miles de cámaras.
El Índice de Ciudades Inteligentes 2026 de BCG, que evalúa 61 ciudades a nivel global, es contundente en este punto: la integración de inteligencia artificial en los servicios urbanos, no la cantidad de sensores instalados, es hoy el factor que determina si una ciudad mejora la calidad de vida de quien la habita. No es la infraestructura por sí sola. Es lo que esa infraestructura decide.
Esto no es un debate técnico, es un debate de presupuesto y de resultados políticos. Una ciudad que sigue comprando sensores bajo la lógica de 2016 está gastando en visibilidad, no en eficiencia. Y en un contexto donde los presupuestos están cada vez más escrutados, «tengo un tablero muy completo» ya no es una respuesta suficiente ante la pregunta de qué mejoró para el ciudadano.
La pregunta que toda ciudad debería hacerse hoy no es «¿qué estamos midiendo?». Es «¿qué está decidiendo el sistema sin que nosotros tengamos que intervenir?». Si la respuesta es «nada», la smart city que tienen ya está muerta, aunque el contrato de mantenimiento siga vigente.
El riesgo de quedarse en el modelo anterior
Las ciudades que no den ese salto no se van a quedar quietas: se van a quedar atrás, mientras otras, con menos presupuesto, pero con mejor arquitectura de decisión, empiezan a mostrar resultados que sí se sienten en la calle: menos tiempo de traslado, menos fallas de infraestructura, respuesta más rápida ante incidentes.
La infraestructura de sensores fue el capítulo uno. Fue necesario, pero ya está escrito. El capítulo que define quién lidera esta conversación en los próximos años no se trata de cuántos datos captura una ciudad, sino de cuántas decisiones toma sin esperar a que alguien las tome por ella.
Por esto, podemos afirmar que el término “Smart city”, en el sentido en que la entendimos, está muerta. Lo que sigue todavía no tiene nombre fijo. Pero ya tiene forma.
