La inclusión financiera no termina cuando se emite el plástico


Por Natalia de Dios, Head of Business Development de Pomelo en México

México acaba de alcanzar un nuevo récord de tarjetas de crédito: 47.6 millones de contratos vigentes al cierre de julio de 2026, frente a 37.6 millones un año antes de acuerdo con la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV). Es una cifra que habla de la velocidad con la que está creciendo la oferta de crédito y de la capacidad de bancos y nuevos jugadores para poner productos financieros en manos de los consumidores.

Pero hay una pregunta que considero más importante: ¿cuántas personas nuevas están realmente accediendo al crédito y cuántas de esas tarjetas se están utilizando en una economía donde también puedan ser aceptadas?

La diferencia no es menor. Una tarjeta es un instrumento; la inclusión financiera es un ecosistema.

El crecimiento del número de tarjetas tampoco debe confundirse con el crecimiento equivalente del número de personas con acceso al crédito. Un mismo consumidor puede tener más de una tarjeta y, por tanto, el récord de contratos no representa necesariamente un récord de individuos financieramente incluidos. La discusión debería trasladarse del número de plásticos a variables como el uso recurrente, la capacidad de pago, el costo del financiamiento y la permanencia de los usuarios dentro del sistema.

Esto es especialmente relevante porque el crédito cumple funciones distintas. Puede financiar una compra planeada, facilitar una emergencia o permitir administrar el flujo de efectivo entre ingresos y gastos. Pero también puede convertirse en un mecanismo para cubrir déficits recurrentes de ingreso. Distinguir entre estos usos es fundamental para evaluar la calidad, y no sólo la cantidad, del crecimiento del crédito.

Los datos recientes hacen todavía más importante esta conversación. Al cierre de julio de 2026, la cartera vencida de tarjetas de crédito alcanzó 26,097 millones de pesos, 59% más que un año antes, según cifras del Banco de México. El dato no significa que el crecimiento de las tarjetas sea necesariamente negativo, pero sí obliga a preguntarnos qué está financiando ese crecimiento y si los productos están acompañando la capacidad real de pago de sus usuarios.

Al mismo tiempo, el mercado está cambiando por el lado de la oferta. La emisión ya no es territorio exclusivo de los bancos tradicionales. Retailers, aplicaciones digitales, plataformas y empleadores tienen incentivos para incorporar servicios financieros a relaciones que ya mantienen con consumidores o trabajadores.

La tarjeta puede convertirse así en una extensión de un programa de lealtad, una herramienta para administrar beneficios laborales o una forma de financiar compras dentro de un ecosistema específico.

Ese fenómeno puede ampliar el acceso porque acerca el crédito al lugar donde ya existe una relación. Pero también eleva la responsabilidad de diseñar productos adecuados al perfil y capacidad de pago del usuario.

La relevancia de innovar en medios de pago

La innovación financiera no debería medirse únicamente por la rapidez con que se puede emitir una tarjeta, sino por la calidad de la relación que se construye después de la emisión.

Y aquí aparece la segunda mitad de la ecuación: quien cobra.

De poco sirve que una persona tenga una tarjeta si el comercio donde compra habitualmente solo aceptan efectivo o transferencias. La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF) en 2024 mostró que únicamente 45.5% de los adultos consideraba que en todos o casi todos los lugares donde realizaba compras se aceptaban pagos con tarjeta o transferencia, refiere el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI, 2025). En localidades rurales, además, menos de una de cada cinco personas había utilizado una tarjeta física para realizar un pago en un establecimiento o plataforma en línea.

El problema es particularmente visible entre los pequeños comercios. La Encuesta Nacional de Financiamiento de las Empresas (ENAFIN) reportó que 45.7% de las empresas no aceptó pagos con tarjeta en 2023; entre las principales razones estuvieron la preferencia por efectivo, que los clientes no solicitaran ese medio de pago y el costo de aceptarlo.

Por eso, la próxima etapa de la inclusión financiera mexicana requiere trabajar en dos puntas simultáneamente: más personas con acceso responsable al crédito y más establecimientos capaces de recibir esos pagos.

Hay señales de avance. En 2026, la iniciativa “Crece tu MIPYME con Pagos Digitales”, impulsada por la Secretaría de Economía y Visa, reportó haber habilitado a un millón de Mipymes para aceptar pagos digitales, incorporando alternativas como terminales sin costo, pagos sin contacto y Tap to Phone.

El siguiente desafío será conectar ambos lados de manera sostenible. México ya demostró que puede emitir millones de tarjetas. Ahora necesita demostrar que puede convertirlas en herramientas de acceso, consumo y crecimiento sin que el crédito se convierta simplemente en una extensión del ingreso que no alcanza.

La pregunta que deberíamos hacernos ya no es cuántas tarjetas tiene México. Es cuántas personas pueden utilizarlas responsablemente, cuántos comercios pueden aceptarlas y qué valor económico se genera cuando ambos lados de la transacción están conectados.

Ahí comienza la inclusión financiera de verdad.