Las petroleras nacieron en el norte de la Ciudad de Ciudad de México, específicamente en la zona de Azcapotzalco. Se dice que su nombre y origen están ligados a la antigua Refinería de Azcapotzalco; donde los trabajadores buscaban una comida abundante, rápida y económica que les diera la energía necesaria para sus jornadas.
Lo que comenzó como un almuerzo obrero en los puestos callejeros cercanos a la refinería, terminó convirtiéndose en un ícono de la identidad culinaria de la zona, ganándose un lugar en el corazón de los amantes del maíz.
A simple vista, podría confundirse con un huarache o un sope gigante, pero la petrolera tiene personalidad propia. Su base es una tortilla de maíz de gran tamaño, gruesa y resistente, que se rellena de frijoles antes de pasar por el comal o, tradicionalmente, por un baño de manteca que le da esa textura inconfundible.
Sobre esta base se extiende una capa de salsa (verde o roja), cebolla, queso y el ingrediente estrella, el guisado. Desde el clásico bistec, costilla o longaniza, hasta combinaciones más elaboradas que la convierten en un festín completo.
Aunque la zona norte sigue siendo su hogar natural, la tradición de la cocina mexicana bien ejecutada ha permitido que estos platillos lleguen a otros rincones de la ciudad con una técnica más cuidada pero manteniendo su esencia.
Si te encuentras explorando los barrios más emblemáticos de la capital, como el Centro Histórico, la Roma o Polanco, una parada obligada para reencontrarse con estos sabores es el restaurante TESTAL. Este lugar se ha convertido en un referente para quienes buscan cocina mexicana de origen, donde se respeta el ingrediente y la receta tradicional.
En sus tres sucursales, Testal ofrece una experiencia que celebra nuestra gastronomía; además de las clásicas petroleras, su menú es un viaje por México con platos que ya son favoritos de la casa, como las crepas rellenas de huitlacoche, que elevan el sabor de la «trufa mexicana», o sus ya famosas quesabirrias, el equilibrio perfecto entre jugosidad y textura.
Visitar este tipo de espacios es una oportunidad para recordar que la cocina mexicana no solo alimenta, sino que preserva la historia de sus barrios y su gente.

