La nueva ola de startups que escalan desde contextos complejos en América Latina

Marzo de 2026. — Mientras la inversión en startups de América Latina repuntó en 2024 y volvió a crecer en 2025, aunque todavía lejos de los picos de 2021 y 2022, Venezuela empieza a destacar por una señal menos visible, pero más reveladora: un ecosistema que sigue naciendo y creciendo casi sin capital externo. La actividad emprendedora temprana en el país subió a 22.7% de la población adulta en 2023, frente a 15.9% un año antes, y un estudio presentado por UCAB e IESA estimó en 4.7 millones las personas con negocio propio; sin embargo, 91% emprende por necesidad y la tasa de negocios establecidos fue de apenas 4.5%. En paralelo, 49% de las organizaciones depende principalmente de capital propio o de la reinversión de utilidades para operar y crecer, una señal de que, en Venezuela, las compañías que logran sostenerse no son necesariamente las que levantan más dinero, sino las que convierten escasez, fricción y desorden en disciplina operativa y utilidad diaria.

Ridery, plataforma tecnológica venezolana de movilidad fundada por Gerson Gómez, busca posicionarse dentro de esa narrativa regional. Su tesis es directa, en mercados con alta fricción, la movilidad no es solo transporte; es acceso a oportunidades, ingreso y orden operativo. Desde esa lógica, la empresa afirma haber contribuido a crear más de 70.000 fuentes de empleo a través del modelo impulsado por la plataforma, una cifra que conecta con uno de los debates centrales del ecosistema, cómo medir impacto real en economías donde el trabajo informal y la precariedad siguen siendo la norma.

El interés para una audiencia regional no está en el “evento” donde se cuenta la historia, sino en el patrón que la historia sugiere. Primero, que los modelos marketplace y on-demand siguen siendo relevantes cuando atacan necesidades persistentes y no solo tendencias. Segundo, que el crecimiento en LatAm se está volviendo más pragmático, menos promesas y más eficiencia, retención y operación. Tercero, que la conversación sobre inclusión se está moviendo del discurso al diseño de producto, herramientas que permitan a más personas generar ingresos, operar con mayor previsibilidad y reducir pérdidas por desorden o informalidad.

Gómez lo resumió así al explicar el origen del proyecto: “Ridery nació entendiendo una necesidad concreta: la movilidad del venezolano”. El punto no es localismo; es metodología. En América Latina, muchas startups que logran sostenerse lo hacen porque parten de problemas estructurales y construyen soluciones adaptadas al terreno, en lugar de replicar modelos externos sin fricción real que resolver.

Esa perspectiva se ha colado en conversaciones regionales recientes donde Gómez ha participado —incluyendo el Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026 de CAF en Panamá y, días después, un encuentro de jóvenes líderes empresariales en Caracas—, pero el valor para el ecosistema está en lo que esos espacios reflejan: una región buscando qué modelos sobreviven cuando el capital es más selectivo y la reputación se gana con métricas.

A nivel regional, la discusión de fondo atraviesa sectores como movilidad, fintech, logística y proptech. La pregunta ya no es quién crece más rápido, sino qué empresas pueden convertir la complejidad del mercado en una ventaja real y sostenible. En ese terreno, Ridery apunta a tres señales que hoy ganan peso en el ecosistema: impacto medible, capacidad de aprendizaje entre mercados y una operación que resista incluso en condiciones adversas.

En una América Latina donde la inversión se ha vuelto más selectiva y exige menos narrativa y más fundamentos, historias como esta reflejan un cambio de fondo. La nueva generación empresarial ya no busca solo visibilidad, busca validarse con resultados, operación y métricas que resistan el escrutinio