Desocupación e informalidad laboral: la realidad laboral que afecta a jóvenes y adultos en México

La precariedad laboral persistente y el desajuste entre la educación y el mercado laboral fomentan la informalidad en México. A través del uso de tecnología para acercar a los jóvenes a los empleadores, es posible mejorar el acceso al mercado formal, señala Ginia.

Ciudad de México, 25 de febrero de 2026. México enfrenta un mercado laboral con dos caras: por un lado, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), la desocupación se concentra principalmente en personas de 25 a 44 años (45.8 %), seguido por el grupo de 15 a 24 años (34.6 %); por otro, más de la mitad de la población ocupada trabaja en la informalidad. Esta dualidad constituye un desafío estructural que limita el crecimiento del país, la productividad y la movilidad social.

Aunque la desocupación se mantuvo relativamente baja, la ENOE reporta que al cierre de 2025 registró un ligero aumento, situándose en 2.5 % durante el cuarto trimestre del año. Sin embargo, este desempleo afecta principalmente a grupos de edad clave para el país, mientras que, al mismo tiempo, de los 59.8 millones de personas ocupadas, 32.9 millones trabajaban en condiciones de informalidad: sin contrato ni prestaciones, en micronegocios o unidades económicas no registradas, o en esquemas donde su vínculo laboral no es reconocido.

El contraste entre una tasa de desempleo baja y una informalidad elevada se explica porque la creación de trabajos no está acompañada de formalización o de adecuación de los puestos a los estándares de seguridad social, derechos laborales y capacitación, afirma Antía Vázquez, CEO de Ginia, startup mexicana especializada en la vinculación entre educación y empleo. “En paralelo, para los jóvenes, el reto no es solo encontrar ocupación, sino que sea formal, alineado a formación y con condiciones que permitan crecimiento profesional”.

¿Por qué ocurre esto en el mercado laboral mexicano? 

El alto índice de informalidad tiene causas múltiples: precariedad laboral, salarios insuficientes, falta de prestaciones y un desajuste persistente entre educación y mercado laboral. La ENOE muestra que, entre los desocupados, 41.5 % buscó trabajo hasta un mes, 35.8 % entre uno y tres meses y 17.6 % por más de tres meses.

“El problema es estructural: instituciones educativas,  estudiantes y  empresas no están suficientemente conectados; por eso, incluso con empleo, muchos jóvenes mexicanos terminan en trabajos fuera de su perfil o sin condiciones adecuadas”, indica Vázquez.

Para abordar la situación, es fundamental implementar estrategias que se enfoquen en elevar la calidad del trabajo, no solo la tasa de ocupación, señala la cofundadora. La vinculación temprana entre educación y empresa juega un factor clave: adaptar los currículos escolares con las demandas reales del mercado, al tiempo que se fomenta la participación de las compañías mediante mentorías y prácticas profesionales, puede permitir a más jóvenes el acceso a empleos formales. 

Asimismo, la academia debe contar con métricas de empleabilidad que incluyan no solo si sus egresados obtuvieron empleo, sino si este es formal, acorde a su formación y permite movilidad. “Las instituciones que miden la trayectoria de egresados también mejoran sus indicadores de empleabilidad, lo que impulsa inversión y confianza institucional”, dice Melissa Manrique, cofundadora de Ginia. 

Por otra parte, el uso de la tecnología resulta crucial para que los trabajadores jóvenes desarrollen habilidades técnicas y blandas, así como acompañamiento para transitar del mundo educativo al laboral. Las empresas, por su parte, necesitan pipelines de talento alineados y preparados.

Aunque la desocupación total se mantiene baja, la elevada informalidad evidencia que muchos empleos creados no cumplen con estándares de formalidad, calidad ni alineación con la formación profesional. Además, las empresas que ofrecen trabajos óptimos no siempre encuentran al talento joven preparado, lo que limita las oportunidades de desarrollo profesional.

“No basta con que haya pocas personas desempleadas; lo que realmente genera movilidad económica y fortalece la base de la economía mexicana es que cada joven tenga acceso a un empleo digno, formal y alineado con su propósito. Solo así esta transición crea valor para la persona, para la empresa y para la economía. Por eso, las empresas tienen la oportunidad y la responsabilidad de acercarse a los nuevos talentos mexicanos y construir conexiones que impulsen su desarrollo profesional”, señala Manrique.

Si México logra articular educación, empresas y plataformas de vinculación laboral, esta situación puede convertirse en una oportunidad para mejorar la productividad, la movilidad social y el crecimiento sostenido del país.